Medio mes de vacaciones para venir a Pamplona a jugarse la vida por una pasión

Sabido es que el encierro de Pamplona levanta pasiones en todo el mundo, y la prueba son tres madrileños que llevan casi una veintena de años viniendo a Pamplona para correr los ocho encierros de los Sanfermines.

Pablo Gómez, 35 años, de Miraflores de la Sierra, lleva 14 años corriendo el encierro de Pamplona; David Alonso, 33 años, de Los Molinos, 15 años como corredor; y José Barrucosa, 35 años, de Miraflores de la Sierra, 17 años en el encierro relatan en una entrevista realizada por la Oficina Internacional de Prensa que su afición y pasión por el encierro de la capital navarra nació desde muy niños viendo las retransmisiones de Televisión Española en casa, con la familia.

Los tres participan también en encierros de otras localidades españolas, pero la carrera de Pamplona, señalan, “es como jugar la Champions, es el mejor encierro”. Esos niños soñaban con cumplir los 18 años y ponerse delante de los morlacos. Y cuando llegó el día anhelado, los tres señalan que sintieron lo mismo, pánico. Además, relatan, casi ni se enteraron de cuando pasaban: “Pero sólo verlos pasar ya es una ilusión”.

Estos tres madrileños son conscientes de que hay muchos corredores que tienen como objetivo salir en la televisión: “Pero para muchos es un sentimiento, nos pedimos 15 días de nuestras vacaciones para subir a Pamplona a jugarnos la vida. Es una pasión”.

Después de tres años sin fiestas, los corredores, manifiestan, “estábamos revolucionados y había que quitarse la presión”. El resto del año, indican, “pensamos mucho en el encierro, y cuando quedan dos o tres meses, pensamos todos los días en la carrera. Cuando llega el día 14, iniciamos de nuevo la cuenta atrás”.

Aunque estos jóvenes corren otros encierros, en el de Pamplona es en el que más miedo pasan porque la diferencia con los otros está en la dosis de adrenalina. “No se puede explicar con palabras, no hay nada como Pamplona”.

San Fermín, una pasión en sus vidas

Pablo, David y José no acuden a la capital navarra sólo en Sanfermines. Vienen también a bodas. Unas veces de amigos pamploneses que han hecho durante estos años, pero otras, de amigos de otros lugares de España que movilizan a familias y amigos para casarse en la capilla de San Fermín. Es tanta su pasión por el Santo, que a cualquiera de ellos le ilusionaría contraer matrimonio frente a San Fermín.

Pablo tiene presente el encierro todo el año en su antebrazo izquierdo: “Tengo tatuadas las coordenadas del lugar en el que corro, donde está Chez Evaristo. Pamplona me ha dado amigos, familia, de todo, y bodas -dice entre risas-”.

San Fermín, añaden los madrileños, no sólo es encierro y fiesta, es también espiritualidad. David afirma que él no cree en nada, “pero creo en San Fermín. El capote de San Fermín funciona, te da seguridad”.

Pablo cuenta que tiene puesta todo el año al cuello una cadena con la imagen de San Fermín y la de la Virgen del Rocío. “Cuando vengo a Pamplona la cuestiona mi madre. Se la pongo en el cuello y cuando vuelvo el 14 de julio a casa se la quito. Además, tenemos pulseras con la imagen de San Fermín”.

A José le regalaron un año por su cumpleaños un San Fermín de poliespan de gran tamaño con fotografías de la fiesta. “Tenemos a nuestro alrededor un sentimiento muy grande hacia San Fermín”.

Muchos corredores del encierro tienen, como los toreros, sus rituales antes de ponerse frente a los toros. “Tenemos en la mesilla una especie de santuario, con pulseras y estampitas. Siempre bajamos por las escaleras, nunca por el ascensor, vamos por la misma calle y corremos con la misma ropa”.

Los madrileños, antes de la carrera se preparan: “No es tanto una preparación física como mental. Visualizas la carrera que quieres hacer. Creemos que, por este orden, la preparación es cabeza, corazón y físico”. Junto a ello indican que es importante saber salir de la carrera, “porque siempre quieres estar más tiempo corriendo. Cuando acaba el encierro es como una liberación, como si hubieras estado subiendo el Himalaya, te quedas agotado, pero vas al almuerzo, porque es también parte del encierro. Siempre pedimos un móvil para llamar a casa y decir que estamos bien. Nuestras familias pasan miedo, pero sienten orgullo”.

Y cuando los Sanfermines tocan a su fin, coinciden en que sienten alivio y respiro. “Cuando volvemos a Madrid y dejamos en casa las maletas, piensas…descansaba un día y corría otros ocho encierros más”.

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