El sonido de San Fermín

¿A qué huele San Fermín? ¿A qué sabe? ¿A qué suena? ¿A fiesta? Sí, también, pero huele a la pólvora del Chupinazo, huele al cartón piedra de los gigantes, de los kilikis y de los cabezudos. A los troncos recién cortados por los aizkolaris. Huele a toro desde los Corralillos del Gas y a la cera de las velas llorando en el Pobre de mi. Sabe al almuercico con los amigos, a chistorra y a magras con jamón. Sabe a vermut, sabe a comida con amigos y familiares. Y suena… suena a alegría, a risas, a cánticos tradicionales, a La Pamplonesa y a tradición. Suena a gaitas, a tambores y a txistus. 

Pamplona llevaba 1040 días sin todo esto, y ya había ganas. Quedan solo tres días de fiesta y Pamplona sigue sin descansar, continúa con su bullicio y con sus bailables. Y casi sin acostarse siguen también todos los que acompañan con música a esta fiesta. Sin descansar, pero felices. Los gaiteros de Ezpelur lo saben bien. “Tocar en San Fermín es una sensación muy bonita, pero es un trabajo muy exigente, tanto física como mentalmente”, comenta Edurne Jáuregui Fernández, gaitera de la sociedad de dantzaris y folklore Ezpelur, y una de las pocas gaiteras de Navarra. “Llevo tocando el txistu desde los 16 años, pero con la comparsa 22 años”, añade Jáuregui. “Es de las primeras gaiteras de Navarra ¡y la que más años lleva tocando!”, comenta orgulloso su compañero tamborrero Txemari Albéniz. “Yo soy de los últimos que ha llegado al grupo, pero tengo la suerte de tocar con históricos de la gaita navarra, como Edurne y Tomás Díaz Peñalba”, asegura Albéniz.

Tomás Díaz Peñalba (gaita), Edurne Jáuregui (gaita) y Txemari Albéniz (tambor)

“Llevo tocando detrás de los gigantes 50 años y no concibo las fiestas de otra manera”, afirma Tomás. Con respecto al parón de dos años de las fiestas, Tomás Díaz comenta: “El día 6 fue un día intenso, raro y húmedo”. Raro por problemático, puesto que hubo algunos problemas con el ayuntamiento y la policía con los gaiteros. Cuenta Díaz Peñalba que desde hace 45 años hay dos tandas de gaiteros, los txapelgorris y los txapelbeltzas (boinas rojas y boinas negras). “La policía hizo un pasillo para acceder al Ayuntamiento y cuando entró el último gaitero txapelgorri lo cortaron, y nos dejaron a los txapelbeltzas fuera”, explica contrariado el gaitero. Desde los porches de Unzu a la puerta pequeña del Ayuntamiento, unos tres metros de distancia, no más, no podíamos acceder porque había una marabunta de gente”. Finalmente, y tras 20 minutos de discusiones los boinas negras pudieron volver a entrar al Ayuntamiento y finalmente volver a salir para continuar con su recorrido. Pero también fue emocionante. “El día 6 comenzó genial, nos habían cambiado de lugar de tocar, la idea era buenísima, pero hubo problemas de coordinación después. De hecho estábamos muy contentos pero estos hechos nos desinflaron un poco la alegría. En cuanto volvimos a salir a tocar, ya a las 12.30, fue increíble, pese a la lluvia y pese a todo”, explica Txemari Albéniz. De hecho la lluvia no les frenó. “Eran más las ganas que teníamos de día 6, de volver a salir a la calle a tocar, de volver a sentir todo lo que sentimos que lo que pudiera llover”, explica Edurne. “Teníamos tanta ilusión, que solo de volver a recordarlo, de volver a evocar ese momentico, se me ponen los pelos de punta”, afirma emocionado el tamborrero. 

Y como todos en Pamplona, el día 6 los gaiteros y tamborileros también almuerzan. Es un momento muy emotivo, en el que este año se juntaron los 50 gaiteros en el Mesón de la Tortilla, “¡y después de terminar de comer aparecieron otros tantos!”, dice Tomás. “Estuvimos tocando unas piezas en la calle animando a la gente y estuvimos muy agusto. Y después hicimos la ruta de todos los años tras el cohete: Zaldiko, Maisonnave y Gazleluleku. Nos trataron todos genial”, cuenta Edurne. Eso sí, luego nos cambiamos y ¡dejó de llover! recuerdan los tres contentos. 

El vestuario de Selim-pia Elcalzao

Quién, en Pamplona, no recuerda el inicio del sonido de la gaita y el tambor, y a los gigantes alzarse al cielo para bailar, y cientos de niños emocionarse y gritar, y decir hola con sus manitas a toda la comparsa de gigantes, cabezudos, kilikis y zaldikos. «Es una sensación muy bonita», dice Edurne con una sonrisa, «hay gente que solamente la ves de año en año en los gigantes». Gente del colegio, gente que hace años que no ves… «Y este año con esas personas a lo mejor hacía dos años que no habíamos coincidido».

«Este año parece que hay muchísimos niños más, es la sensación que da», comentan. «El día 8 nuestro gigante, Selim-pia Elcalzao ¡parecía un vestuario infantil! No sé si les daban allí dentro el desayuno o qué, pero no paraban de entrar y salir niños de debajo cada vez que nos parábamos a descansar», recuerda Txemari.

La fiesta continúa, y con ellos la música. Dianas por las mañanas, gigantes a mediodía y bailables por las tardes. ¿Alguien quiere quedarse en casa? Ni hablar. Solo quedan tres días de fiesta, así que exprimámoslas a tope, que llevábamos dos años, 1040 días, sin ponernos el pañuelo rojo al cuello, vestirnos de blanco y salir a la calle a bailar nuestras canciones.

 

 

 

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